
El término «sucesión» proviene del latín y del inglés antiguos y significa «demostrar», lo que da una buena pista sobre la finalidad de este proceso. El proceso sucesorio aclara el contenido de un testamento y lo valida, legitimando así el testamento y autorizando su ejecución a cargo de un albacea competente y designado por el tribunal.
El proceso sucesorio puede costar una miseria o una fortuna. Puede ser sencillo y tranquilo, o estar plagado de discusiones y disputas constantes entre los distintos miembros de la familia implicados. Sin embargo, al final, todos los casos que se tramitan en un tribunal sucesorio llegan a su fin, una vez que se ha distribuido correctamente la herencia y se han saldado todas las deudas y obligaciones pendientes del difunto.
Podría decirse que comprender el proceso de sucesión es lo más importante para cualquiera que desee informarse sobre cuestiones relacionadas con la planificación patrimonial.
En California, el proceso sucesorio suele durar entre seis meses y un año en los casos en los que no es posible un procedimiento acelerado. El plazo mínimo de cuatro meses se establece en función del plazo concedido a los acreedores para presentar reclamaciones contra la herencia. Sin embargo, debido a la carga de trabajo de los tribunales, la obtención de citas judiciales puede llevar mucho más tiempo. Por término medio, un albacea tarda entre nueve meses y un año en completar el proceso sucesorio.
Al igual que todos los estados de EE. UU., California cuenta con su propio código sucesorio, que sigue en gran medida el mismo modelo utilizado en los 50 estados del país. Entre los aspectos a tener en cuenta destaca el hecho de que, aunque el impuesto federal sobre el patrimonio sigue vigente y forma parte del proceso sucesorio, California ya no aplica un impuesto estatal sobre el patrimonio.
Además, el proceso de sucesión suele seguir el mismo procedimiento. Comienza cuando el albacea de su testamento presenta una solicitud de sucesión ante el juzgado del condado, junto con una copia de su testamento y del certificado de defunción. A partir de ahí, se abre un expediente de sucesión y, finalmente, se nombra a un albacea. Cualquier adulto responsable designado en el testamento puede ser nombrado albacea, pero, a falta de una opción adecuada, el juzgado puede designar a otra persona.
A continuación, el proceso sucesorio pasa por varias etapas para validar el testamento y ejecutarlo.
En primer lugar, un juez debe confirmar y dictaminar que la versión del testamento presentada ante el tribunal es la más reciente y definitiva que existe. A partir de ahí, el tribunal nombra a un albacea para que comience a ejecutar el testamento.
El siguiente paso en el proceso de sucesión consiste en determinar el valor exacto del patrimonio, elaborando un inventario de todos los bienes y propiedades y calculando su valor a la fecha del fallecimiento.
Una vez que se haya determinado el valor de la herencia, el albacea deberá cobrar las deudas pendientes e informar a los acreedores de que ha comenzado el plazo para presentar reclamaciones contra la herencia. Por último, el albacea deberá ocuparse de las obligaciones fiscales, incluidas las declaraciones finales del impuesto sobre la renta y el impuesto federal sobre sucesiones, si procede.
El último paso consiste en distribuir el patrimonio entre sus legítimos beneficiarios, de acuerdo con el testamento.
Es posible evitar la sucesión judicial mediante instrumentos alternativos de planificación patrimonial. Por ejemplo, un fideicomiso en vida revocable te permite transferir tus bienes y activos a tus beneficiarios tras tu fallecimiento sin tener que pasar por el proceso de sucesión judicial.
A diferencia de un testamento, que solo entra en vigor tras tu fallecimiento y requiere que un tribunal especial lo valide y ejecute, un fideicomiso entra en vigor en el momento en que decides firmar y certificar ante notario el contrato de fideicomiso, y la documentación es tan sólida que ya no es necesario pasar por el proceso de sucesión.
Con un testamento, designas a los beneficiarios de tus bienes y activos. Con un fideicomiso, transfieres la titularidad de tus bienes y activos, de modo que pasan a formar parte del fideicomiso en lugar de estar a tu nombre. El fideicomiso es el propietario del patrimonio, por así decirlo, y mientras usted tenga el control del fideicomiso, tendrá el control de su contenido. A diferencia de un testamento, hay muchas menos limitaciones en cuanto a lo que se puede incluir en un fideicomiso; por ejemplo, puede transferir su parte de la propiedad de un inmueble en copropiedad a un fideicomiso.
Los fideicomisos son más complicados que los testamentos, ya que hay que revisar todos y cada uno de los bienes que se poseen e incorporarlos al fideicomiso, lo que puede llevar bastante tiempo y requerir mucho papeleo. Sin embargo, esto permite eludir por completo el proceso de sucesión para todo lo que se incluya en el fideicomiso, lo que facilita mucho las cosas a los beneficiarios.
Muchas personas creen erróneamente que la planificación sucesoria es algo que solo deben hacer quienes se acercan al final de su vida; sin embargo, en realidad, el mejor momento para pensar en la gestión de tu propio patrimonio y prepararte para las consecuencias de un fallecimiento prematuro es cuando se cumplen dos sencillos criterios:
Cuando una persona fallece sin testamento, todos y cada uno de los bienes vinculados a su nombre, tanto desde el punto de vista legal como financiero, se rigen por las leyes locales de sucesión intestada del estado correspondiente. Las deudas que tenga serán liquidadas inmediatamente por su patrimonio y, si lo que deja no es suficiente para saldar la deuda y el patrimonio se declara insolvente, por lo general dicha deuda quedará cancelada.
En algunos casos, los acreedores o deudores pueden reclamar a los beneficiarios de una persona fallecida, pero si no pueden presentar una reclamación contra la herencia debido a la insolvencia, por lo general tampoco pueden pedir a un beneficiario que asuma la deuda en su lugar. Sin embargo, si a tu herencia le queda algo de valor una vez liquidadas tus deudas, un documento legal muy sencillo puede garantizar que seas tú quien decida a qué se destina ese valor y a quién se le entrega.
Independientemente de si decides optar por un testamento sencillo o por un fideicomiso en vida, más complejo pero más sensato desde el punto de vista financiero, planificar tu fallecimiento no tiene por qué ser un asunto sombrío. Se trata simplemente de una planificación financiera básica: solo te estás asegurando de que todo por lo que has trabajado siga beneficiando a tu familia y a tus seres queridos tras tu fallecimiento, y sería un gran error dejar eso en manos del Estado cuando puedes encargarte tú mismo de todos los trámites y tener un mayor control sobre ellos.
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